Desperté de la anestesia, en el día de San Valentín, con una malsana placidez. Sí, placidez, pero malsana. La anestesia es una experiencia bastante común, de manera que muchos sabrán a qué sensaciones me refiero. Sin embargo, ni los pacientes ni los médicos suelen preguntarse sobre las repercusiones espirituales de los limbos anestésicos. Yo me interrogo acerca de cada asunto que me incumbe, sobre cada problema que me toca sufrir, y lo hago -aspiro a hacerlo- con las palabras adecuadas. Me gusta la precisión. Admiro la taracea verbal de una palabra bien traída, y engastada después en el discurso como un pedazo de ámbar puro. Las palabras son eso al fin y al cabo: una resina en donde quedan retenidas nuestras experiencias comunes y privadas, un fósil, amarillo de tiempo, en donde late viva una manera de sentir el mundo. Ámbar de las palabras. Eso es lo que creo, sin necesidad de ser filósofo, ni lingüista: somos palabras. Con ellas lo traducimos todo. Por ellas matamos. Por ellas sentimos euforia y tristeza. A ellas les rezamos cuando creemos estar rezando a nuestros dioses, que son otra manifestación más de la palabra nuestra. Yo siempre tuve palabras para todo. [...]
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