lunes, 14 de septiembre de 2015

Las relaciones peligrosas - Carlos Marzal

El excesivo trato de optimistas,
mujeres cariñosas y escritores
acaba siendo malo para el cuerpo,
aunque mucho peor para el espíritu.
Caigo en la cuenta de que me he creído,
y por más tiempo del aconsejable,
que la única tarea de la vida
es ser feliz o al menos pretenderlo.
Todos sabemos la naturaleza
de la felicidad, porque la infunden
los optimistas y ciertas mujeres
y porque los poetas nos la explican;
sabemos que es un bien perecedero,
que está hecha de materia fugitiva,
que su tiempo no siempre es razonable,
sabemos todo eso y no sabemos
que la única tarea es preservarnos
de cualquier destrucción, sobrevivir
al curso de los días y hasta incluso
sobrevivir a la felicidad.

Hoy fundo mi esperanza más cercana:
sea leve la tierra que pisamos
y que el próximo instante sea leve.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Cálculos infinitesimales - Carlos Marzal

La luz de esas estrellas ya ha ocurrido.
En una lejanía inapropiada 
para nuestra penosa sensatez,
ya han muerto las estrellas que miramos.
Millones de millones de años luz,
agujeros del tiempo inconcebibles,
la confabulación de la energía,
más allá de cuanto nos resulta soportable,
en una aterradora fiesta sin nosotros. 
Todo el escrupuloso asombro de la ciencia
parece que conduce hasta este asombro 
con que contempla el cielo un ignorante.
Según nos dicen, hay que seguir viviendo
cercados de preguntas sin respuestas.
Nuestras lentes exploran las galaxias
y nuestra pequeñez sólo es tangible 
en el inmaculado abismo de los números,
en el sagrado horror 
de cálculos infinitesimales. 

¿Hacia dónde conducen estas cavilaciones
de aturdido astrofísico? Estas cavilaciones
no conducen. Estas cavilaciones ya han estado,
ya han sido desde mí en otro yo que ha muerto 
en la distancia. Todo lo que refulge es luz marchita.
Ser es un fui que un no soy yo contempla
desconcertado desde un planeta ajeno. 
La Historia y el futuro han sido para siempre
y acosan desde lejos, ya ocurridos.
La vida es la nostalgia incorregible 
de habitar un rincón del firmamento
que sólo se ha erigido en el pasado
y cuyo planisferio hemos perdido.

Así que cuando te amo ya te he amado.
El dolor que te causo y que me causas
es un dolor tan viejo que no duele, 
aunque puedas pensar que está doliéndonos, 
y ese fuego eucarístico en el que me consumo
es un simple capricho de las cronologías,
un voluntario error de apreciación 
con respecto al pasmoso suceder de las cosas.
Nuestra felicidad ya no nos pertenece,
vivimos de prestado en lontananza, 
que es el inconcebible tiempo de las constelaciones.
La perpetua ordalía de tu cuerpo
es el altar de una ciudad hundida 
en donde los ahogados de mí mismo 
aún mantienen un culto que ha perdido a sus fieles.
El temblor de quererte, el estremecimiento
de coincidir contigo en esta nada 
quizá es una ilusión de mi memoria astral.

Y el caso es que no importa. 
No importa que no podamos ser, porque hemos sido; 
no importa que en ti no pueda estar, porque ya estuve,
no importa si lo que ya ha acabado nunca nace.
Me incumbe la conciencia del álgebra celeste 
y en lugar de alejarme de ti los números me acercan.
No puedo comprender esas distancias 
y aunque las comprendiera no las vivo.
Hay una plenitud crepuscular 
en la conspiración del universo 
para que no nos encontremos tú y yo. 
Ya no concibo una embriaguez más grande
que ese convencimiento con que irradias
la falsa luz de las estrellas muertas.


En I: Entusiasmo de la Decepción, de Metales Pesados (2001).

sábado, 8 de agosto de 2015

Blues - José Carlos Becerra

No era necesaria una nueva acometida de la soledad
para que lo supiera.
Navegaba la mar por un rumbo desconocido para mis manos.
Donde el amor moró y tuvo reino
queda ya sólo un muro que avasalla la hierba.
Queda una hoja de papel en blanco
donde está anocheciendo.
Donde goteaba luceros una noche
sobre unos hombros limpios como verdad mostrada,
sólo queda una brisa sin destino.
Donde una mujer fundara un beso,
sólo árboles postrados al invierno.

Y no era necesario decirlo.
El corazón sin que sea una lágrima
puede sombrear las mejillas.

La ventana da a la tristeza.
Apoyo los codos en el pasado y, sin mirar, tu ausencia
me penetra en el pecho para lamer mi corazón.

El aire es una mano que está hojeando mi frente.
Mi frente donde la luna es una inscripción,
una voz esculpiendo su olvido.

Como humo la luna se levanta
de entre las ruinas del atardecer.
Es muy temprano en ese azul sin rostro.
No era necesario enturbiar la soledad
con el polvo de un beso disuelto.
No era necesario
memorizar la noche en una lágrima.

Labios sobrecogidos de olvido,
pulsaciones de un oleaje de mar ya retirándose,
ruido de nubes que el otoño piensa.

Hay lápices en forma de tiempo, vasos de agua
donde el anochecer flota en silencio.
Hay la rama de un árbol como un brazo esculpido
por algún abandono.

Hay miradas y cartas donde la noche
puso en marcha al vacío,
a las frentes que extinguen su remoto color
sobre letras que enlazan señales de viaje.

Aquí está la tarde.
Puede enrolarse en ella quien esté enamorado.
Aquí está la tarde para designar una ausencia.

Suena en mi pecho el mundo
como un árbol ganado por el viento.

No era necesaria la tarde, tampoco este cigarro cuyo humo
puede ser otra mano evaporándose.

Invernará la noche en mi pecho.
No era necesario saberlo.
No tiene importancia.
Espero una carta todavía no escrita
donde el olvido me nombre su heredero.

martes, 28 de julio de 2015

Aunque tú no lo sepas - Luis G. Montero

Como la luz de un sueño, 
que no raya en el mundo pero existe, 
así he vivido yo 
iluminando 
esa parte de ti que no conoces, 
la vida que has llevado junto a mis pensamientos. 

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.
También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

lunes, 20 de julio de 2015

Happiness (Felicidad) - Raymond Carver

So early it's still almost dark out.
I'm near the window with coffee,
and the usual early morning stuff
that passes for thought.

When I see the boy and his friend
walking up the road
to deliver the newspaper.

They wear caps and sweaters,
and one boy has a bag over his shoulder.
They are so happy
they aren't saying anything, these boys.

I think if they could, they would take
each other's arm.
It's early in the morning,
and they are doing this thing together.

They come on, slowly.
The sky is taking on light,
though the moon still hangs pale over the water.

Such beauty that for a minute
death and ambition, even love,
doesn't enter into this.

Happiness. It comes on
unexpectedly. And goes beyond, really,
any early morning talk about it.”

― Raymond Carver

Tan temprano, sigue casi a oscuras afuera.
Estoy cerca de la ventana con café,
Y las cosas que suelen pasar
Por la cabeza temprano en la mañana.

Cuando veo a este chico con su amigo
Camino arriba
Para repartir el periódico.

Usan gorros y suéters
Y un chico carga una bolsa en su hombro.
Son tan felices,
No dicen nada, estos chicos.

Creo que si pudieran, se tomarían
Del brazo.
Es temprano por la mañana,
Y están haciendo esto juntos.

Se acercan, despacio.
El cielo empieza a tomar luz,
Aunque aún cuelga la luna pálida sobre el agua.

Tal belleza que por un minuto
La muerte y la ambición, el amor incluso
Quedan fuera de todo esto.

Felicidad. Llega
Inesperadamente. Y va más allá, en verdad,
De cualquier charla matutina sobre ella.

martes, 14 de julio de 2015

La "Y" - José Emilio Pacheco

En los muros ruinosos de la capilla
florece el musgo pero no tanto
como las inscripciones: la selva
de iniciales talladas a navaja en la piedra
que, unida al tiempo, las devora y confunde.

Letras borrosas, torpes, contrahechas.
A veces desahogos, insultos.
Pero invariablemente
las misteriosas iniciales unidas
por la “y” griega:
manos que acercan,
piernas que se entrelazan, la conjunción
copulativa, huella en el muro
de cópulas que fueron o no se realizaron.
Cómo saberlo

Porque la “y” del encuentro también simboliza
los caminos que se bifurcan: E.G.
encontró a F.D. Y se amaron.
¿Fueron “felices para siempre”?
Claro que no, tampoco importa demasiado.

Insisto: se amaron
una semana, un año o medio siglo.
Y al fin
la vida los separó o los desunió la muerte
(una de dos sin otra alternativa).

Dure una noche o siete lustros, ningún amor
termina felizmente (se sabe).
Pero aun la separación
no prevalecerá contra lo que juntos tuvieron.

Aunque M.A. haya perdido a T.H.
y P. se quede sin N.,
hubo el amor y ardió un instante y dejó
su humilde huella, aquí entre el musgo,
en este libro de piedra

domingo, 28 de junio de 2015

El amor - Luis García Montero

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

La calle del error - Juan Manuel Roca

Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí encontré viejos
Amigos desconocidos.
Encontré al hombre
Que creía posible
Inventar un espejo de hielo
Para las muchachas del desierto,
Al que quiso caminar
En tres orillas del río,
Al que pensó en fabricar
La moneda de tres caras,
Al que creyó indeleble
Su nombre escrito en el agua,
Al hombre que quiso
Dejar su cuerpo en casa
Para irse de paseo
Sin su estorbosa presencia.
Preferí la callejuela
De los equivocados
Que el salón de las certezas.
Perseguí las confusas
Palabras de uno
Que pintó un túnel en un muro
De la cárcel
Para ayudar a escapar a sus amigos,
Al que tuvo errores de cálculo
En la fabricación
De una bicicleta de viento,
Al pintor fracasado que quería
Saborear con vino

 
El pan pintado en la alacena.
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí encontré, nervioso aún,
Al  que quiso esconder en un poema
A un hombre a punto de ser fusilado,
Al que siempre ignora qué responder
Cuando preguntan “quién anda por ahí”,
Al ladrón de imposibles,
Al que quiso ser jinete de sí mismo
Y se dio a galopar en su locura,
Al que quiso colorear las vocales
Y besar la lejanía,
Al ciego que no declaraba
En las aduanas los paisajes
Que llevaba en su tacto
Y sólo quería escribir un libro
Hecho de olores y sabores,
Al que nunca acertó con el arco
Y jamás dio en el clavo de lo cierto.
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí me encontré viejos amigos
Que sólo leían en los libros
El colofón de las erratas.
En todos ellos
Hay más verdades
Que en los hechos comprobados
De nuestra estúpida historia.

Décimas de la arenita - Ricardo Yáñez

Yo soy como esa arenita
que por el mar va rodando
y en cada rodar va dando
una lección infinita,
que en toda cosa palpita,
la mayor, la más pequeña,
una eternidad que sueña
con ser despertada un día
al Todo del que confía
ser una señal risueña.

Yo soy como el colibrí
y también como el venado
y soy un dolor callado
que no calla porque sí
sino porque canta así
muy mejor que si cantara,
y soy esa piedra rara
que nombran filosofal.
Sin embargo soy mortal
que a la muerte se prepara.

Me gusta la soledad
y gozo la compañía
y mi palabra se guía
por el silencio en verdad.
No hallo en mí una actividad
que no sea contemplativa.
Árbol soy, abajo, arriba,
axis mundi, puede ser,
y oro me puedo volver
o bien lagartija esquiva.

Pajarito de la suerte
soy a veces y otras nudo
ciego con quien nadie pudo.
La palabra que trasvierte
es mi oficio, no mi fuerte
–mi debilidad quizá.
Pero quién me quitará
de ese mester, de tal vía.
Dudo si alguno sabría.
Yo soy lo que soy y ya.

 
Desasido de mí estoy
y no ensimismado, en mí,
mas como un abismo abrí
y hasta su fondo me voy.
Ahí todo el tiempo es hoy,
pero también marejada,
y ostra que era yo, cerrada,
dejo entrar una arenita
que nácar me solicita
para quedar redondeada.

Desde esa esfera brillante
miro el mundo de otro modo,
lo que era nada ya es Todo,
la eternidad un instante.
Ya la arena no anda errante,
y bebe en el manantial
el venado, y al rosal
el colibrí suspendido
llega, y oro estremecido
es el lagarto ancestral.

Y árbol soy, y cielo y tierra
y extensión en sólo un eje.
Cosa no hay de que me queje,
camino en paz a la guerra.
Mi voz a nada se aferra,
de todo va desprendida.
Al fin, parece, la vida
le da a mi vida lugar.
Tras de tanto batallar
dejo de ser el que yerra.

¿Acierto puntual? No espero
milagro tal, tal prodigio.
Con no perder el litigio
contra mí mismo, il pensiero
sull’ali dorate, infiero,
a buen puerto llegará,
y después, pues Dios dirá.
Yo me doy por satisfecho,
cual del rocío el helecho
cuando la noche se va.

Para los que llegan a las fiestas - Rubén Bonifaz Nuño

Para los que llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues uno no sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;

para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;

para los que fueron invitados
una vez; aquéllos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta
ya mucho después de entrados todos
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;

para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;

para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados
los que no tendrán, los que no pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.