"Entre mis vislumbres, he perdido el prejuicio de la claridad como absoluto principio de razón literaria. Es decir, juzgo que la primera y más noble aspiración de los humanos debe ser la de no añadir sombras a las sombras y confusión a la confusión. El mundo ya es lo suficientemente hermético de por sí como para que la gratuidad de muchos hermetismos nos lo hagan más lejano y más ajeno. Por ello, la voluntad de claridad es un importante designio no sólo de carácter literario, sino un inmejorable anhelo para con el destino nuestro. Sin embargo, he aprendido en los poetas que también existe una especie de luminosa oscuridad, de extraño decir, que vierte luz sobre las cosas con un resplandor que no proviene de la claridad lógica. He aprendido en los poetas que hay maneras de llegar al centro que no toman el camino más derecho, sino las afueras del sentido. Igual que hay una forma de entero conocimiento que consiste en no terminar de entender las cosas por entero, de atisbarlas tan sólo, de adivinarlas entre la bruma de su significado y su secreto. A fin de cuentas, no nos sucede otra cosa con los asuntos del mundo, porque ¿quién entiende por entero su vida?, ¿quién se conoce por completo?, ¿quién acierta a descubrir el significado del mundo, el secreto de la vida? Para los que vivimos en tinienlas, resulta tan útil y esperanzadora la luz solar -especulemos- como la palidez materna de la luna."
Carlos Marzal, diciembre de 2004.
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