Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.
Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.
Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.
Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.
Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.
domingo, 28 de junio de 2015
La calle del error - Juan Manuel Roca
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí encontré viejos
Amigos desconocidos.
Encontré al hombre
Que creía posible
Inventar un espejo de hielo
Para las muchachas del desierto,
Al que quiso caminar
En tres orillas del río,
Al que pensó en fabricar
La moneda de tres caras,
Al que creyó indeleble
Su nombre escrito en el agua,
Al hombre que quiso
Dejar su cuerpo en casa
Para irse de paseo
Sin su estorbosa presencia.
Preferí la callejuela
De los equivocados
Que el salón de las certezas.
Perseguí las confusas
Palabras de uno
Que pintó un túnel en un muro
De la cárcel
Para ayudar a escapar a sus amigos,
Al que tuvo errores de cálculo
En la fabricación
De una bicicleta de viento,
Al pintor fracasado que quería
Saborear con vino
El pan pintado en la alacena.
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí encontré, nervioso aún,
Al que quiso esconder en un poema
A un hombre a punto de ser fusilado,
Al que siempre ignora qué responder
Cuando preguntan “quién anda por ahí”,
Al ladrón de imposibles,
Al que quiso ser jinete de sí mismo
Y se dio a galopar en su locura,
Al que quiso colorear las vocales
Y besar la lejanía,
Al ciego que no declaraba
En las aduanas los paisajes
Que llevaba en su tacto
Y sólo quería escribir un libro
Hecho de olores y sabores,
Al que nunca acertó con el arco
Y jamás dio en el clavo de lo cierto.
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí me encontré viejos amigos
Que sólo leían en los libros
El colofón de las erratas.
En todos ellos
Hay más verdades
Que en los hechos comprobados
De nuestra estúpida historia.
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí encontré viejos
Amigos desconocidos.
Encontré al hombre
Que creía posible
Inventar un espejo de hielo
Para las muchachas del desierto,
Al que quiso caminar
En tres orillas del río,
Al que pensó en fabricar
La moneda de tres caras,
Al que creyó indeleble
Su nombre escrito en el agua,
Al hombre que quiso
Dejar su cuerpo en casa
Para irse de paseo
Sin su estorbosa presencia.
Preferí la callejuela
De los equivocados
Que el salón de las certezas.
Perseguí las confusas
Palabras de uno
Que pintó un túnel en un muro
De la cárcel
Para ayudar a escapar a sus amigos,
Al que tuvo errores de cálculo
En la fabricación
De una bicicleta de viento,
Al pintor fracasado que quería
Saborear con vino
El pan pintado en la alacena.
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí encontré, nervioso aún,
Al que quiso esconder en un poema
A un hombre a punto de ser fusilado,
Al que siempre ignora qué responder
Cuando preguntan “quién anda por ahí”,
Al ladrón de imposibles,
Al que quiso ser jinete de sí mismo
Y se dio a galopar en su locura,
Al que quiso colorear las vocales
Y besar la lejanía,
Al ciego que no declaraba
En las aduanas los paisajes
Que llevaba en su tacto
Y sólo quería escribir un libro
Hecho de olores y sabores,
Al que nunca acertó con el arco
Y jamás dio en el clavo de lo cierto.
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí me encontré viejos amigos
Que sólo leían en los libros
El colofón de las erratas.
En todos ellos
Hay más verdades
Que en los hechos comprobados
De nuestra estúpida historia.
Décimas de la arenita - Ricardo Yáñez
Yo soy como esa arenita
que por el mar va rodando
y en cada rodar va dando
una lección infinita,
que en toda cosa palpita,
la mayor, la más pequeña,
una eternidad que sueña
con ser despertada un día
al Todo del que confía
ser una señal risueña.
Yo soy como el colibrí
y también como el venado
y soy un dolor callado
que no calla porque sí
sino porque canta así
muy mejor que si cantara,
y soy esa piedra rara
que nombran filosofal.
Sin embargo soy mortal
que a la muerte se prepara.
Me gusta la soledad
y gozo la compañía
y mi palabra se guía
por el silencio en verdad.
No hallo en mí una actividad
que no sea contemplativa.
Árbol soy, abajo, arriba,
axis mundi, puede ser,
y oro me puedo volver
o bien lagartija esquiva.
Pajarito de la suerte
soy a veces y otras nudo
ciego con quien nadie pudo.
La palabra que trasvierte
es mi oficio, no mi fuerte
–mi debilidad quizá.
Pero quién me quitará
de ese mester, de tal vía.
Dudo si alguno sabría.
Yo soy lo que soy y ya.
Desasido de mí estoy
y no ensimismado, en mí,
mas como un abismo abrí
y hasta su fondo me voy.
Ahí todo el tiempo es hoy,
pero también marejada,
y ostra que era yo, cerrada,
dejo entrar una arenita
que nácar me solicita
para quedar redondeada.
Desde esa esfera brillante
miro el mundo de otro modo,
lo que era nada ya es Todo,
la eternidad un instante.
Ya la arena no anda errante,
y bebe en el manantial
el venado, y al rosal
el colibrí suspendido
llega, y oro estremecido
es el lagarto ancestral.
Y árbol soy, y cielo y tierra
y extensión en sólo un eje.
Cosa no hay de que me queje,
camino en paz a la guerra.
Mi voz a nada se aferra,
de todo va desprendida.
Al fin, parece, la vida
le da a mi vida lugar.
Tras de tanto batallar
dejo de ser el que yerra.
¿Acierto puntual? No espero
milagro tal, tal prodigio.
Con no perder el litigio
contra mí mismo, il pensiero
sull’ali dorate, infiero,
a buen puerto llegará,
y después, pues Dios dirá.
Yo me doy por satisfecho,
cual del rocío el helecho
cuando la noche se va.
que por el mar va rodando
y en cada rodar va dando
una lección infinita,
que en toda cosa palpita,
la mayor, la más pequeña,
una eternidad que sueña
con ser despertada un día
al Todo del que confía
ser una señal risueña.
Yo soy como el colibrí
y también como el venado
y soy un dolor callado
que no calla porque sí
sino porque canta así
muy mejor que si cantara,
y soy esa piedra rara
que nombran filosofal.
Sin embargo soy mortal
que a la muerte se prepara.
Me gusta la soledad
y gozo la compañía
y mi palabra se guía
por el silencio en verdad.
No hallo en mí una actividad
que no sea contemplativa.
Árbol soy, abajo, arriba,
axis mundi, puede ser,
y oro me puedo volver
o bien lagartija esquiva.
Pajarito de la suerte
soy a veces y otras nudo
ciego con quien nadie pudo.
La palabra que trasvierte
es mi oficio, no mi fuerte
–mi debilidad quizá.
Pero quién me quitará
de ese mester, de tal vía.
Dudo si alguno sabría.
Yo soy lo que soy y ya.
Desasido de mí estoy
y no ensimismado, en mí,
mas como un abismo abrí
y hasta su fondo me voy.
Ahí todo el tiempo es hoy,
pero también marejada,
y ostra que era yo, cerrada,
dejo entrar una arenita
que nácar me solicita
para quedar redondeada.
Desde esa esfera brillante
miro el mundo de otro modo,
lo que era nada ya es Todo,
la eternidad un instante.
Ya la arena no anda errante,
y bebe en el manantial
el venado, y al rosal
el colibrí suspendido
llega, y oro estremecido
es el lagarto ancestral.
Y árbol soy, y cielo y tierra
y extensión en sólo un eje.
Cosa no hay de que me queje,
camino en paz a la guerra.
Mi voz a nada se aferra,
de todo va desprendida.
Al fin, parece, la vida
le da a mi vida lugar.
Tras de tanto batallar
dejo de ser el que yerra.
¿Acierto puntual? No espero
milagro tal, tal prodigio.
Con no perder el litigio
contra mí mismo, il pensiero
sull’ali dorate, infiero,
a buen puerto llegará,
y después, pues Dios dirá.
Yo me doy por satisfecho,
cual del rocío el helecho
cuando la noche se va.
Para los que llegan a las fiestas - Rubén Bonifaz Nuño
Para los que llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues uno no sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;
para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;
para los que fueron invitados
una vez; aquéllos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta
ya mucho después de entrados todos
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;
para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;
para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados
los que no tendrán, los que no pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues uno no sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;
para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;
para los que fueron invitados
una vez; aquéllos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta
ya mucho después de entrados todos
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;
para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;
para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados
los que no tendrán, los que no pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.
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